Hace poco leí con avidez los dos libros publicados sobre Christiane F.: Los niños de la estación del Zoo, basado en los recopilatorios de los periodistas Kai Hermann y Horst Rieck, quienes quedaron estupefactos ante el testimonio de una adolescente de 14 años adicta a la heroína. El segundo, publicado en 2013 en colaboración con la periodista Sonja Vukovic, narra los estragos que le causó la fama de ser la “yonquiestrella”. En él, Christiane relata cómo su pasado adolescente la perseguía, junto con los prejuicios sociales, los problemas legales y el punto más álgido de su vida: la pérdida de la custodia de su hijo, Phillip.
Leí ambos libros en una semana. Me asaltaban las dudas: ¿Por qué la madre de Christiane no hizo nada? ¿Por qué decidió “ignorar” las señales —como ella misma admitió—? ¿Por qué vivir en la plañidera del arrepentimiento? ¿Por qué hay madres que priorizan verse “guapas” para sus nuevas parejas, descuidando a sus hijas? ¿Cómo puedes estar tan ciega como madre y no ver que tu hija es un “esqueleto andante”, que apenas come ni duerme? ¿Cómo no te das cuenta de que tu hija, con solo 13 o 14 años, va cada sábado a la discoteca Sound —de moda en la Berlín de los 70—, un lugar completamente inapropiado para niños?
Porque sí, con 14 años aún eres un niño. Apenas estás descubriendo quién eres, cuáles son tus artistas favoritos, qué música te gusta, qué chicos te atraen, tu sexualidad, a explorar qué te gusta y qué no… pero desde luego no estás para calcular cuántos gramos de heroína necesitas ni cuántas pastillas de Mandrax vas a zamparte como si fueran caramelos. Sin embargo, así fueron los dos años en que Christiane mentía a su madre para irse a la Sound, merodear por la estación de metro, drogarse con LSD, Valium y, finalmente, sucumbir ante la heroína.
La ausencia de su madre hacía aún más agudo el sentimiento de soledad de una adolescente cuya hermana menor se fue con el padre —un hombre al que Christiane describe como “guapo, pero violento cuando las cosas no salían bien”. ¿Qué se puede esperar de un padre así? ¿Acaso la familia debe ser el saco de boxeo que amortigüe la frustración de un hombre inmaduro? ¿Qué se puede esperar de alguien que, con comentarios misóginos, hacía que su hija temiera engordar?
La desestructuración familiar, la pobreza emocional, la violencia y la falta de límites son un caldo de cultivo para que un joven termine cayendo en la delincuencia o en el consumo de drogas, buscando aceptación, tratando de anestesiar el dolor de sentirse invisible. Así murió Babsy, la amiga de Christiane: víctima más joven de Europa a causa de la heroína. Solo tenía 13 años.
La madre de Christiane, según las entrevistas recogidas en el primer libro, adoptó un rol pasivo, silente. Veía cómo el padre golpeaba brutalmente a su hija, pero no hizo nada… hasta que Klaus —amigo de su pareja— le hizo insinuaciones. Fue entonces cuando encontró el “valor”, disfrazado de deseo sexual, para dejar a su marido y empezar una relación con Klaus. Pero él también tuvo exigencias: no le gustaban los perros, decía ser alérgico, y cuestionaba la crianza permisiva de su nueva pareja. Fue él quien advirtió que algo no iba bien con Christiane. No era normal que tuviera tanta libertad, que tuviera amistades dudosas, y que los sábados no fueran noches de pijamada, sino de colocarse al ritmo de la música en la Sound.
La música de Bowie cobra protagonismo en ese contexto. Aún existía el Muro de Berlín, y la ciudad sufría depresión económica, social y emocional. Muchos jóvenes venían de familias rotas, con padres ausentes o violentos. Otros, aunque con recursos económicos, eran abandonados afectivamente: recibían una mesada y un apartamento para que se destruyeran fuera de la vista de sus progenitores.
Christiane cayó en la prostitución, como tantos otros jóvenes yonquis. Al principio, Detlev, su novio, no quería que nadie la tocara. Pero el mundo de la heroína es despiadado. El síndrome de abstinencia es un infierno: sudor, temblores, dolor. Alguien debía conseguir dinero. Christiane lo hizo. Primero observando, luego con sexo oral, y más adelante, teniendo relaciones completas dentro de coches a cambio de una dosis. Se volvió rutina. Ella, sus amigos, sus cuerpos convertidos en templos del dolor. Caían como moscas, muriendo dulcemente, anestesiados.
El primer libro concluye con una Christiane limpia, viviendo con su abuela en un pueblo cerca de Hamburgo. Pero nunca se sintió parte de nada. Era una invitada. Intentó formar un grupo de música punk, actuar en películas… pero la sombra de la yonquiestrella siempre la perseguía. Recaídas, parejas adictas, viajes fallidos. Su momento de mayor paz fue en Pasadena, donde incluso probó la cocaína, aunque sin hundirse del todo. Pero siempre volvía el estigma.
Christiane no era la amiga ideal para las hijas de nadie. Pasó por tres abortos hasta que tuvo a Phillip, su gran amor, el hijo de su alma. Con él la vida fue más llevadera. Sólo fumaba canutos y bebía algo. Su cuerpo estaba resentido por años de abusos de sustancias. En esa época, los tratamientos eran con metadona, pero el desenganche era incluso peor. Por un malentendido mediático y la aparición de un personaje peligroso en su vida, le quitaron la custodia de Phillip. Eso la hundió. Fue su condena final. Sin su hijo, no había razón para resistir.
Leer a Christiane F. es asomarse a la Berlín de los 80 y 90, donde la política no sabía cómo lidiar con el creciente número de drogadictos. La burocracia era lenta, fría, ineficaz. Los trabajadores sociales apenas miraban a los ojos. Poco a poco, las cosas cambiaron. Se empezaron a implementar políticas de reinserción, terapia de sustitución, medicamentos contra la abstinencia. Los exadictos comenzaron a funcionar: tomaban el metro, se aseaban, trabajaban. Los parques dejaron de ser cementerios de jeringas.
Hoy queda poco de aquella adolescente fan de Bowie. Su vida fue llevada al cine. Vivió años de fama y olvido. Actualmente, Christiane sufre cirrosis, espasmos, dolores. A veces visita a Phillip, pero la culpa por la separación aún la persigue. La familia de acogida ha sido empática, pero el daño emocional no se borra.
Falta empatía y compasión. La drogadicción no se entiende sin contexto. ¿Por qué alguien cae en las drogas? ¿Qué lo empuja? ¿Por qué seguimos mirando a otro lado? Preferimos esconder la basura bajo la alfombra. Pero, al final, la mierda huele, al final todos nos drogamos, así sea con analgésicos.
El clonazepam se recomienda como si fuera ibuprofeno. ¿Ansiedad? Lorazepam. ¿Insomnio? Clonazepam. Se recetan pastillas como quien reparte caramelos. Pero todo esto encubre una verdad incómoda: la sociedad está enferma. Tomamos ansiolíticos, dormimos con químicos, porque pensar duele. Y lo más alarmante: la salud mental es política. Porque faltan psicólogos, faltan psiquiatras. ¿Cómo se va a mantener alguien en su sano juicio si vive en un hogar tóxico? ¿Cómo se puede ser positivo cuando se vive en la precariedad? Es más fácil recetar pastillas que buscar soluciones reales de fondo.
Hasta la empatía es un privilegio. Christiane fue culpada por la adicción de su primo, cuando éste falleció de sobredosis cuando ellos jamás hablaron de drogas ni muchos menos de la heroína. En la Movida Madrileña, muchos murieron por la heroína. Sonia Martínez, una chica española brillante y aplicada, fue devorada por la fama, la presión, la soledad y finalmente, por la droga. Murió de sida, adicta a la herína y olvidada. ¿Por qué nadie la ayudó? La historia de Sonia y Christiane se parecen: cayeron en la heroína, fueron explotadas, no tuvieron la suficiente fortaleza mental para no caer en el abismo mientras tonteaban en el borde de el y la sociedad miró para otro lado. Los Homo sapiens somos seres sociables, necesitamos pertenecer a un grupo, necesitamos el simbolismo de algo. Nadie sobrevive solo, todos necesitamos de alguien y eso lo demuestran los fósiles: La capacidad de cuidar los unos de otros, la empatía y colaboración permitieron que nuestro lóbulo frontal se desarrollara, potenció nuestra inteligencia, creáramos armas, refugios, vestimenta…así hasta llegar a grupos y de estos grupos una sociedad.
No todos pueden ser Christiane y vivir de los derechos del libro o de la película. Muchos viven y mueren en el olvido. Christiane es un ejemplo de resiliencia. Su historia no es excusa, es advertencia. La adicción es una enfermedad crónica, como la diabetes o el asma. Y como tal, merece atención, no juicio.
Leer a Christiane fue un ejercicio de empatía. Una llamada de atención para no descuidar la educación emocional de los más jóvenes. Porque detrás de cada ausencia escolar puede esconderse una tragedia. Christiane fue empujada al abismo por su entorno. No todos sobreviven a la caída. Ella lo hizo, pero a un costo altísimo.

Cristela Moreno-García. @cristebiologuita
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