Cristebiologuita

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Amor en tiempos de escasez

Capítulo XXX

Misterio o Verdad
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Una Reina joven y bella, mestiza, con una piel como color acaramelada, brillante, lustrada por los brillos de la juventud; tenia el cabello liso y negro como el carbón, vestida con formas elegantes, delicada, curtida, sentada en una mecedora en su casa real, con los pisos de porchelanato de color madera tan liso que podría verse el rostro y otras cosas más. Había sido coronada Reina por haber tenido tanto dolor en la vida, era una mestiza que quiso estudiar, conocer el mundo, ser culta en contra de todos los pronósticos que ella debía ser una sirviente más, una campesina, una subordinada que logró escapar de la miseria y logro leer muchos libros; yendo a la ciudad quedándose en distintas casas a cambio de comida y un poco de papel y lápiz…y unos cuantos abusos y vejaciones con cuero de vaca como rejo, de rondar por ahí llegó a una casa muy magestuosa, lustrosa por cualquier lado que se viera; allí sirvió en las cocinas no sin llevarse unos coscorrones y tirones de cabello de parte de una cocinera que no soportaba verla porque sentía celos de su belleza. Un día creó un platillo tan exquisito que el Rey -en ese tiempo Conde- mandó a llamar a la que había hecho tan maravillosa obra de arte culinaria. La cocinera se jactó que había sido ella, llenándose de indignación aquella pobre muchacha, pero el Conde en aquel entonces era astuto y sabio que le preguntó qué método de cocción había usado, qué ingredientes y el modo de preparación: de in so facto se dió cuenta de la mentira y charlatanería, así que castigo a la cocinera a no ser más la Jefa de cocina, sino una empleada más. La jovencita hermosa a pesar de sus ropas humildes, le dijo con detalle cómo había preparado el platillo  y le llevó otro que ella había preparado reciente -¡Esto es lo más exquisito que he probado en mi vida! ¡Y eso que he degustado en la mejor cocina francesa, italiana e irlandesa! Tienes un gran talento, desde ahora serás la Jefa de cocina. A la cocinera le dió un malestar, como un cólico que revolvía sus entrañas de su bilis de resentimiento hacía la jovencita, aunque ella quería hacerle lo mismo, ganó la nobleza de su corazón y no tomó represalías contra ella. La trató con distancia y categoría, con cierta desconfianza pero con la mayor amabilidad y cortesía a punto que su hijo de 9 años estaba enfermo y ella lo cuido…tantos gestos que ablandaron la grasa abdominal y el corazón de aquella cocinera que le dijo que era una gran dama y una gran persona que ella haya conocido jamás. No sólo se ganó el corazón de aquella mujer: también había ganado algo más que el corazón de aquel Conde que le llevaba 20 años, pero conservaba sus formas bien elegantes y su caballerosidad lo embellecía aún mas: alto, esbelto, cabello negro y piel curtida. Le propuso matrimonio y fué así como ella había llegado a hacerlo felíz y él la amaba con inmensa locura y amor, hasta que una fiebre -ya siendo Rey- se lo llevó a los brazos de la muerte. Fué así como de jovencita pasó a ser una Reina, toda una dama, toda una Señora, pero sin olvidar sus humildes orígenes.

-Gracias por permitirme vivir contigo -decía su otra doncella, morena, de cabello caoba oscuro con destellos naranja y vestido corto de flores de cayena azules y fondo blanco- Gracias por acogerme en tu hogar, sé que estoy lejos de mi familia que vive en los campos de la montaña, en esos fundos desconectados de mundos que me hiciste conocer, me enseñaste a leer, a bordad, a valerme por mi misma, mostrarme que no soy bruta, aunque mi papá decía que era más tapada que una lata de sardina -risas-

-Si, has sido tan buena que ahora tenemos tanto…y mucho que agradecerte. Te serviremos y no te decepcionaremos. Jamás podremos pagar tantos favores – decía la otra doncella, de piel blanca y cabello rojizo teniendo matices rubios, con un vestido blanco y ceñido que resaltaba su figura como la de la otra doncella-

-Me complace tenerlas conmigo -le dijo la Reina- Ustedes han sido más que mi consorte, han sido compañeras, cómplices, hermanas que no tuve. Por favor si llegase a faltar, aunque aún estoy joven y tengo mucho que ofrecerle a la vida, no dejen de cultivarse, no dejen que nadie las humille, que nadie las haga sentir inferior: Ustedes son grandes, destinadas para cosas maravillosas y lo más importante, NUNCA dependan de alguien más, ni siquiera de un hombre.

-Si la que deba irse entre ella y yo, me iré yo mi Reina. Los tiempos de recesión son críticos. Puedo volver con mi familia y trabajar allá en las tierras o acá en la ciudad, puedo conseguir trabajo como asesora, secretaría, o lo que sea; pero sepa bien que en mi corazón no cabe la inmensidad de agradecimiento y amor hacía tu bondad mi Reina

-¿Cómo que te irás?Nos dejarás solas a la Reina y a mi? Te vas por mi culpa?

-No, no es por tu culpa. No quiero causar molestias, además soy más grande que tú y puedo valerme mejor

-No digas tonterias. Eres más que mi doncella. Sé que estamos en recesión pero jamás he despedido a ninguno de mis sirvientes ¡Mucho menos a ustedes que son como mis parientes mas cercanos a lo que tengo! No sé que habrán escuchado ustedes mis niñas, pero ustedes permanecerán conmigo. Si quieren pagar mi agradecimiento, no me dejen, quédense conmigo, no les faltará nada, además no quiero que les pase nada. Cuentan siempre con mi protección -La Reina que era tan joven como su doncella, hablaba como una anciana encerrada en un hermoso cuerpo de afrodita-

-Nos quedaremos.

Todo aquello mientras yo observaba y como si estuviera observando un film. Salí de aquel palacio, a observar en otro tiempo, como si fuera en otro mundo paralelo, o en vidas paralelas, me hallaba como observadora y como la protagonista, había un hombre de tez morena clara, mediana estatura y ahí estaba: no sabía si era amigo o enemigo, estaba casado con una mujer blanca, cabello rubio, como si fuera mi madre pero no lo era, yo caminaba por unas calles sin asfaltar, anchas, iba a buscar carne para condimentarla y fritarla para mi madre -aquella mujer que nunca había visto en mi vida- y la pedía en nombre de aquel hombre en uno de sus negocios porque en la nevera la que había no era suficiente. Así que fuí pero me encontré con aquel hombre. Me recorría un escalofrío en todo el cuerpo mientras me miraba -No le digas nada a mamá, no tomes represalias contra ella, es mi culpa, yo le insistí buscar la carne, yo quería ayudarla en algo- y el hablaba conmigo como si la incertidumbre de que le haría algo o no era de costumbre. Venía un señor gordo, y le reclamaba una carne que el había comprado, así que el dijo “vamos” le seguí, mientras sentía un temor que no me abandonaba mientras caminara. De regreso en el camino, no recuerdo que hablaba con el hombre al que temía que hiciera algo contra ella, de repente no sabía si temerle a él o a ella. Nos paramos un rato a conversar y de repente nos besábamos: sus besos eran húmedos, lenguosos, vipéridos y muy rápidos -No, lento, suculento y despacio, como si lo disfrutaras, te besaré como si en realidad me gustases- le dije y el segundo besos fué como si intentara tragarme -No, así no es, no me gusta, beso así- me replicaba el con una mirada de desconcierto. En mi reinaba la confusión, la culpa y el miedo porque había besado a alguien a quien no debía -estaba casado- y algo dentro de mi me decía que yo había besado a dos hombres casados, pero ¿Quienes eran? No recordaba al primero. Me recorrió una culpa tan inmensa que me atragantaba la voz y ahí desperté.

Otra vez soñando, preguntándome qué significaba esos sueños, porqué yo los observaba y porque eran dos sueños en uno…debía significar algo, algún mensaje para mi. Lo que me horrorizaba era el hecho de besar a  alguien que no debía -casado- No, yo juré que jamás haría lo que le hicieron a mi madre -en la realidad y no la que estaba en el sueño- de quitarle a alguien algo. La culpa me hacía entender que hasta esta fecha había hecho cosas que esclesiásticamente estaba prohibidas, pero entre esas no he besado a alguien que estuviera comprometido o casado “No odies algo o aquello, porque te convertirás en lo que más odias”– me decía una voz interior- No podía pensarlo. Pensamientos, ideas, hipótesis me venían a la cabeza, mientras me levantaba, comía un pedazo de lechosa y luego me cepillaba los dientes y el cabello para ir a mi deber diario que abandoné en vacaciones de un mes.

¿Será que aquel hombre era mi padre y su esposa me veía como un enemigo, estorbo o alguien a quien celar? ¿Por que si yo soy su única hija? ¿Por que si fué ella quien se metió entre mi madre y mi padre? ¿Acaso cuando ve mi rostro, mis labios le recuerdan a los de mi madre? ¿Qué significa la carne? -Cuando era pequeña, mi padre fué carnicero- ¿Que diablos es todo este sueño?  ¿Quien es la Reina y por qué tenia matices míos en sus ademanes y conducta? ¿Quienes son esas doncellas o qué simbolizan? ¿Quien me protege o a quién debo proteger? ¿Soy la protectora o la protegida? ¿Por que soñé con una Reina cuyos orígenes era humildes? ¿Por que usó con sus doncellas las mismas expresiones y palabras que uso cuando aconsejo a alguien muy querido?

Para no pensar más en ello me fuí a mi quehacer diario, a donde debo estar siempre, en un cuarto con la bandeja de Bromuro de Etidio donde me lavaba las manos allí pero pronto me vieron y me instaron a ponerme guantes, que estaba muy joven para morir, aquel lugar que hice mi templo.

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